Lurruna significa «vapor» en euskera. Aire caliente que sube y luego desaparece. Lurruna se convierte en una metáfora poética de la naturaleza esquiva de la vida misma.

Comienza con una conversación con alguien que no está aquí. Oteamos el paisaje, buscando a la persona que está al otro lado de la línea. La gravedad y el tiempo se dilatan en un cruce e dimensiones totalmente cotidiano. Se trata de ahondar en la intimidad de un barrio, de un encuentro entre individuos, de un lugar que nos conecta.

¿Estamos realmente presentes allí donde estamos? Este encuentro tiene lugar en un lugar intermedio: entre el suelo y las estelas que dejan los aviones en el cielo; entre la carretera de circunvalación y un descampado, entre el tú y el nosotros.

La percepción alterada, la cámara lenta, la ingravidez modificada y los efectos de rebobinado forman parte de esta partitura onírica. En un entrelazamiento de realidades – la de los transeúntes en movimiento y la que creamos bajo la mirada de los espectadores- los límites se difuminan, redefiniendo los contornos de lo posible.



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